Las
intenciones buenas valen, me enseñaron y lo creo, aunque con el transcurrir de
los días cada vez menos, se deprecian, adelgazan y se diluyen.
Están envueltas en las palabras, recubiertas por los gestos, debajo de las cosas, sobre las situaciones, dentro de los sentimientos y hasta en los silencios las intenciones gritan, a veces de maneras casi imperceptibles, otras tantas en forma definitiva y rotunda.
Existen las intenciones buenas y las que no, las que mutan, cambian de colores y a veces también son malinterpretadas, vienen en diferentes tamaños, tienen su momento. Cuando la mejor intención llega a destiempo, es ambigua, tibia, imprecisa, se descompone, es poco creíble, hasta molesta, casi no vale y puede convertirse en maligna, innecesaria.
Están envueltas en las palabras, recubiertas por los gestos, debajo de las cosas, sobre las situaciones, dentro de los sentimientos y hasta en los silencios las intenciones gritan, a veces de maneras casi imperceptibles, otras tantas en forma definitiva y rotunda.
Existen las intenciones buenas y las que no, las que mutan, cambian de colores y a veces también son malinterpretadas, vienen en diferentes tamaños, tienen su momento. Cuando la mejor intención llega a destiempo, es ambigua, tibia, imprecisa, se descompone, es poco creíble, hasta molesta, casi no vale y puede convertirse en maligna, innecesaria.