Siempre fui un niño solitario, hijo único por años y valoro
tanto la compañía. En mi todavía se asoma la timidez, los valores y las
nostalgias de mis abuelas, las tardes infinitas en Maturín. Todavía tengo sordera
selectiva y preguntas que el tiempo se toma el tiempo para contestar.
En mis manos de niño siempre tuve responsabilidades de
hombre que me demostraron de lo que soy capaz. Nunca he culpado a nadie de mis
errores. Por cada golpe que recibí he devuelto besos y abrazos.
Hay muros, hay distancias, en las que uno intenta resguardarse
del dolor, pero no te permiten ver más allá. No podemos vivir preocupados
eternamente y no debe callarnos cuando necesitamos ayuda. Perdonar incluso antes que te pidan disculpas te salva, seguir adelante deja atrás a las tristezas porque no tienen piernas y mientras sigas pedaleando no te vas caer.
Hay mucho que rebuscar en las miradas, hay que sabernos escuchar, hay mucho
que agradecer y más que celebrar, no porque todo sea bueno o esté todo bien
sino porque merecemos estar mejor.