El problema del silencio es que a veces tenemos que
escucharnos a nosotros mismos, no tenemos forma de escaparnos de nuestros pensamientos,
el silencio es atroz y a veces quebrantado por gritos de desesperación. Afortunadamente
siempre tuve una vida difícil, pero aún así araña el alma sentir el sufrimiento
ajeno que también es el propio, aunque nada de esto es nuevo, soy hijo de la crisis, y sé
que todo pasa, todo cambia, sólo hay que esperar que el tiempo haga su trabajo
y resistir, hasta la fecha aún luego de las peores tormentas escampó.
A través del tiempo uno va reuniendo herramientas y aprende a
conocerse, particularmente en mi infancia acumulé vivencias de las cual puedo agarrarme
para continuar, es una forma de reiniciarme y volver a sonreír, además tengo
mucha música en el alma para acompañarme a crear el clima.
Crecí en uno de tantos pueblos de Venezuela que en aquella época
carecía de electricidad, de teléfono, no llegaba la radio, por lo tanto, mi
infancia fue una época de mucha introspección y de observar con todos los
sentidos, profundamente como los sentimientos y como las creencias de mi
abuela.
Han pasado los años mi país se ha sumergido en una oscuridad
que no termina al salir al sol, muchos mueren, se desesperan, abandonan y se desgastan
incesantemente, la incertidumbre aprieta y no se ve nada más. En estos días
escuché “hay luz, lo que no hay es electricidad” algo que para mí hace sentido,
aunque suene absurdo, porque mientras hay vida hay luz y nos aferramos a los
detalles bonitos, a los recuerdos, a lo bueno a lo que somos realmente que es mucho más que una circunstancia.
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